El festival de este año arrancó de manera tradicional con la Compañía de Danza Jesús Carmona en UnYdos, compartiendo Carmona el baile con Lucía Campillo, acompañados por los cantaores Eleazar Cerreduela y Francisco Blanco, con José Manuel Martínez Muñoz («El Peli») a la guitarra. También hay que reconocer al diseñador de iluminación Juanjo Hernández Trigueros por un trabajo deslumbrante durante toda la obra.
La velada se abrió con un zapateado a palo seco de Carmona, iluminado a contraluz por un único foco blanco que resaltaba las líneas de su braceo. Carmona posee unos brazos fluidos que son casi femeninos sin resultar afeminados. Su estilo invita a esa clase de comentarios que suelen asociarse más al ballet, al menos en lo que respecta a su torso. Tampoco teme hacer un gran uso de la filigrana (los movimientos decorativos de manos y dedos), junto con unos pitos (chasquidos de dedos) que estallan como disparos de pistola. Una vez que subió la iluminación y se le unió Campillo, quedó claro que presenciaríamos una hora de flamenco puro.
Dichto esto, resultó un tanto impactante cuando Carmona desprendió seductoramente la capa superior del vestido de Campillo y le entregó un mantón de seda. Realzado por una iluminación dramática, tanto eso como el vestido azul pálido eran una estampa deslumbrante.
Campillo se abstuvo de los movimientos —demasiado a menudo frenéticos— que son comunes en muchos trabajos de mantón hoy en día, usándolo en su lugar como un elemento expresivo. Casi parecía como si estuviera dándole a luz mientras lo envolvía frente a ella al inclinarse en una segunda posición amplia y baja, hasta que el mantón se convertía en una extensión de los amplios movimientos de su torso y, finalmente, en la sugerencia de su propio sudario al envolverse con él.
El cante fue soberbio. Ambos cantaores poseen voces de tenor ligero que, a pesar de ello, no carecen de matices ni de expresión. El Peli suena como si fueran al menos tres guitarristas en uno, con un toque lleno de falsetas delicadas y complejas y con más de un guiño a sus raíces clásicas.
Tan hipnótico era el cante que fue una sorpresa cuando Campillo quedó recortada en silueta luciendo una bata de cola, astutamente iluminada de modo que parecía de un rojo sangre. Bailó fandangos manejando tanto la cola como el abanico con tal energía que una de las flores de su pelo salió volando por el escenario.
Carmona apareció a continuación, vestido con un traje rojo bastante llamativo, bailando soleá por bulerías de manera algo sorprendente. Fue dramático, pero Campillo aportó el toque de clase al recoger del suelo la flor caída, juguetear brevemente con ella a la espalda de él y lanzársela al guitarrista, quien a su vez se la colocó en el ojal. Un gesto elegante.
Una velada sólidamente respetuosa con las tradiciones del flamenco e impecablemente pulida en su presentación.